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Ría de Avilés

Renacer en la ría de Avilés

Atardecer en la ría de Avilés desde la playa de San Balandrán. ©Miki López

Renacer en la ría de Avilés

Quedará mucho por hacer pero desde hace unos años, la ría de Avilés, comienza a ser uno de esos rincones por los que me encanta perderme con la cámara al hombro. El estuario avilesino, poco a poco, vuelve a dar tímidas muestras del paraíso que fue antes de la llegada de ENSIDESA a mediados del siglo pasado. La construcción y puesta en funcionamiento del monstruo siderúrgico, terminó por convertir Avilés en toda una ciudad industrial abriéndola a una modernización difícil de imaginar pocas décadas antes. Pero, a la contra, transformó su ría en un vertedero pestilente y venenoso del que desapareció prácticamente cualquier vestigio de vida.

La llegada de ENSIDESA

Vivo en Avilés desde 1996. Vine por obligación y casi a regañadientes, pero hoy tendrían que echarme a la fuerza de esta ciudad que terminó por conquistarme. Me encantan sus calles, sus lunes vigorosos y  sus gentes, felizmente mestizadas entre asturianos, andaluces, extremeños y demás nativos extrarregionales que ayudaron a dar forma a un Avilés integrador y solidario que poco a poco se va liberando de su sambenito de ciudad irrespirable.

Marcador Medio Ambiental

Y la ría es el marcador medioambiental que da cabida a la esperanza aunque todavía siguen siendo habituales vertidos de dudoso origen que la propia conciencia ciudadana se apresura a denunciar. Los arenas continúan siendo poco recomendables para el uso recreativo. Pero bien es cierto que los aromas a salitre y yodo se van imponiendo poco a poco a las pestilencias industriales y hacen que los paseos por estas orillas se conviertan en tardes fotográficas espectaculares.

Uno de esos rincones ideales es la playa de San Balandrán,  donde cada atardecer se convierte en un momento mágico que esconde el sol entre las grúas del puerto de Raíces. Y esa magia reside en el hecho de que, aunque vayas mil veces, tendrás mil fotografías diferentes.

Vivir Avilés es vivir abierto a una ría que abre su horizonte al mar cantábrico. Y de eso saben mucho los avilesinos que de nuevo, parecen implicarse en el saneamiento de su entorno.

Castellers de Sarriá

Actuación de los Castellers de Sarriá en la Feria de la Ascensión de Oviedo. ©Miki López/LNE

Los Castellers de Sarriá en Oviedo

Nunca me paré mucho en pensar en eso tan catalán de los castellers. Hay que verlos. Como todo en esta vida, tiene una dificultad que se escapa más allá de la hipnótica atracción de estas torres humanas que se construyen como verdaderas edificaciones de hormigón.

Todo tiene su secreto: equilibrio, concentración y trabajo en equipo. Pero en la base está la base: los cimientos son la clave del éxito. El propio eslogan de los castellers de Sarriá los dice: «Fem Pinya», hacemos piña.

Tocando el cielo

Y así lo demostraron contra el cielo impasible y vertical que cantaba Victor Manuel sobre el poema de Pedro Garfias, los castellers de Sarria tocaron las nubes de Oviedo en La Losa, desplegando una bandera asturiana ante el fervor de los romeros de la Ascensión.

Y mientras ese cielo se cubría cortando estos calores de junio, los catalanes se abrazaban tras la tensión del momento. No me quiero imaginar lo que puede ser un castañazo desde allá arriba, así que saco la conclusión de que haciendo piña, el miedo desaparece.

Trabajo en equipo bien coordinado. Seguramente en eso reside el éxito de toda empresa. Y me da a mí que de eso saben mucho los catalanes.

Nosotros también sabemos de solidaridad, pero nos cuesta tanto tirar todo pal mismo lao…

Lanchas amarradas en los embarcaderos de madera de El Castillo. Soto del Barco. © Miki López

Lanchas amarradas en los embarcaderos de madera de El Castillo. Soto del Barco. © Miki López

Un patio lleno de niños de entre 4 y 12 años, un par de adolescentes y una abuela. Es agosto de 2016 en la casa de mi madre. Un agosto más en un lugar privilegiado del paraíso. Un agosto no muy distinto al de aquellos veranos de los 70, en este mismo escenario en el que los niños éramos los padres y los padres los abuelos.  La torre del castillo de San Martín ve pasar la vida como el río que acaricia sus murallas poco antes de morir en el Cantábrico. El Nalón que refrescó nuestros juegos estivales nace y muere a diario en un bucle eterno que nos hace pequeños y efímeros, como verdaderas aves de paso. Creemos ver pasar el río hasta que el tiempo nos hace entender que en realidad es el río el que nos ve pasar en un breve suspiro de su existencia, enseñándonos a valorar las cosas en su justa medida.  Somos agua de ese cauce, agua que nace y muere diluyéndose en el océano del tiempo. Si un día soy abuelo en otro verano azul tan intenso como éste, volveré a darte las gracias Nalón por haberte fijado en nuestro paso. Los niños juegan, el río fluye y la vida sigue. Que delicia.

La casa vacía

Elsa en la casa de Muros. © Miki López

Elsa en la casa de Muros. © Miki López

La luz de agosto entraba a raudales por el ventanal de la cocina. Marta preparaba cajas de cartón del supermercado reforzándolas con cinta adhesiva mientras Elsa y Glori envolvían las piezas de vajilla en papel de periódico. Yo observaba la escena esperando a que se llenase alguna de las bolsas de plástico azul que terminarían en el contenedor de la basura.

Farola en El Parador. Muros. © Miki López

Farola en El Parador. Muros. © Miki López

El desorden no impedía que aflorasen los recuerdos y volví a ver a mi suegro Ángel sentado en la esquina de aquella cocina, entretenido con los gorriones a los que alimentaba con migas de pan. Vi a Baby, la superabuela, de pie junto a los fogones, hablando con voz dulce a un Iyán de tres años y rizos dorados que jugaba con cochecitos y canicas en el suelo de la sala. Voces en la distancia que marcan la crueldad del tiempo. Bajé la escalera de la calle con la bolsa a cuestas. Crucé el jardín comunitario intentando esquivar la nostalgia de un pasado tan reciente y tan lejano y no pude evitar cierta tristeza al lanzar aquellos recuerdos envueltos en plástico al fondo de un sucio contenedor. De vuelta a casa volvieron las imágenes y los ecos sordos de los timbres de las bicicletas. Nel recuerda aquellos veranos luminosos de carreras y juegos, de balones de fútbol y patinetes, todo envuelto en la dulzura y el frescor de los besos y los helados de hielo. Y como una estrella fugaz todo terminó. Tan rápido como lo hizo la infancia. Ángel y Baby se fueron pronto, casi sin despedirse, víctimas de la sentencia de un destino que dejó tan vacía la casa que jamás podremos volver a llenar. Esta calurosa mañana de verano cerramos por última vez la puerta tras la que se quedan montones de recuerdos. Y buen pedazo del alma.

 

 

 

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