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No olvidamos

Desfile de perros abandonados en Gascona. Calle Gascona, Oviedo. 22 de mayo de 2016. © Miki López/La Nueva España
Desfile de perros abandonados en Gascona. Calle Gascona, Oviedo. 22 de mayo de 2016. © Miki López/La Nueva España

Luce el sol en Gascona. La gente se amontona alrededor de una pasarela de moqueta verde por la que, en un instante, dará inicio un peculiar desfile. Entre el público destacan caniches y yorkshires acomodados entre los brazos protectores de sus dueños. Tipos con suerte a los que el destino ha colocado en el paraíso perruno. Duermen calientes, “fartucos” y a techo, enrollados sobre si mismos en unos confortables cestos estampados con dibujitos de huesos y juguetes caninos. Se despiertan con caricias y mimos antes del paseo matinal y viven su corta vida sin preocupaciones, devolviendo con creces el mismo cariño que reciben sin pedir más a cambio.
Comienza el desfile y las estrellas de este espectáculo matinal también son perros: perros de vida perra. Más de una quincena de historias de maltrato y abandono cruzan la pasarela con nerviosismo de la mano de sus cuidadores, jóvenes voluntarios de la protectora “Mas que Chuchos” que organizan este  evento con la esperanza de que alguno de esos bichos, encuentre el hogar y el cariño que unos sinvergüenzas les negaron en su día. Sólo uno fue víctima de una bofetada del destino por la enfermedad degenerativa de su propietario. En los ojos del resto se refleja la tristeza de unos animales que jamás recibieron una caricia honesta, que fueron baldados a palos o en el mejor de los casos, abandonados delante de las instalaciones de sociedades protectoras sobresaturadas, en las que reciben las primeras muestras de cariño sincero.
Siento pena por estos chuchos y asco por los que les negaron lo que era su obligación desde el primer minuto en que aceptaron la responsabilidad de hacerse cargo de estos animales. Hoy, gracias a “Mas que Chuchos, se les brinda la oportunidad de olvidarse de los hijosdeputa que los dejaron en la cuneta. Son animales y jamás podrán odiar, pero como dijo Alfred De Musset: ” A falta de perdón, deja venir el olvido”
Ellos son demasiado nobles y olvidarán. Gracias a dios nosotros no lo haremos.

Equipo

Elisa, Pablín, Pablo Menéndez, Iyán, Alberto Agrelo y Javi Corral con la equipación de la selección asturiana de judo. © Miki López
Elisa, Pablín, Pablo Menéndez, Iyán, Alberto Agrelo y Javi Corral con la equipación de la selección asturiana de judo. © Miki López

Es sábado pero Iyán se levantó temprano. Por tercera vez en su vida deportiva se viste con el chandal de la selección asturiana de judo, un privilegio que le hace pensar que todo el esfuerzo del año ha merecido la pena. Atrás quedan meses de sinsabores y también de alegrias. Hubo de todo: derrotas, victorias, lesiones y dietas para tratar de contrarrestar las ganas de crecer y coger peso que tiene un cuerpo de 15 años ansioso de chuches, chocolate y calorías sin control. Pero llegamos hasta aquí. Mañana es el gran día: Campeonato de España en el mismísimo Palacio de los Deportes de Madrid. Y las chapas, vengan o no, serán lo de menos. Lo dice su entrenador, Carlos Fernández, y tiene toda la razón: Iyán, Alberto, Claudia, Javi, Pablo M., Hugo, Elisa y Pablín están allí no solo por méritos propios. Detrás de ellos están todos los deportistas del JCA que hoy no pueden coger ese autobús. Son los compañeros con los que comparten sudor en el entreno, alegrías en las victorias y con los que, como no, se secan las lágrimas en las derrotas. Estoy seguro de que mañana en Madrid, cuando salten al tatami nuestros chavales también llevaran en su dorsal el nombre de Saul, Mario, Sandra, Moi, David, Fer,Meana, Barcena, Julia y demás compañeros del Judo Club Avilés que este año se han quedado fuera de la competición que cierra la temporada. Mucho ánimo a esos padres, entre los que me incluyo, que mañana sufriremos más que ellos en el tatami. Estoy seguro que más de uno llorará de alegría. Se de sobra lo que es eso. El año pasado Iyán sufrió mucho cayendo en el primer combate y peleando duramente por un bronce que, por circunstancias personales, casi nos supo a oro. Hoy solo quiero que mañana disfrute del premio que su esfuerzo le ha regalado. El suyo y el de sus compañeros.
Gracias a todos y mucha suerte campeones.

Riopedre

Jose Luis Iglesias Riopedre sube las escaleras de la Auddiencia Provincial. Oviedo, 3 de mayo de 2016. © Miki López/La Nueva España
Jose Luis Iglesias Riopedre sube las escaleras de la Auddiencia Provincial. Oviedo, 3 de mayo de 2016. © Miki López/La Nueva España

Me he estrenado hoy en el esperpento del caso Marea, en todo ese entramado que ha dejado al aire las vergüenzas del gobierno asturiano de la época de Areces. Uno se para a pensar en la cantidad de cosas que habrá bajo las alfombras de las instituciones públicas del Principado y es para echarse a temblar. Yo, como mucha gente, tengo la certeza de la desconfianza, porque me parece casi imposible que se haya producido tal descontrol y saqueo de las cuentas públicas con métodos tan chabacanos. Pero los hechos están ahí.
Vi entrar a Marta Renedo, a Maria Jesús Otero, empresarios y demás recua de imputados escoltados por togas y carteras que trataran de justificar lo injustificable. Vi subir las escaleras del juzgado a un solitario Riopedre, encorvado en sus propios pensamientos, tan gris como la americana en cuyos bolsillos escondía las manos. No pude evitar sentir algo de lástima al recordar al político de aspecto bonachón y discreto que se paseaba por los colegios públicos en su época de consejero, en aquellos tiempos de bonanza en los que le daban un portátil a cada alumno de sexto de primaria, dentro del famoso programa de la Escuela 2.0. Lo recuerdo perfectamente, tan encorvado como hoy, entrando en el aula de un colegio de Avilés, inclinándose feliz como un niño con portátil nuevo sobre uno de los ordenadores que un chavalín de 12 años dominaba con destreza.
-“El que tengo en casa es parecido a este”, le dijo el crío.
Pues ya tienes dos, pensé para mi.
Que país.

Queridos reyes…

Los Reyes Magos se visten para la cabalgata de Oviedo. 2 de enero de 2016. ©Miki López
Los Reyes Magos se visten para la cabalgata de Oviedo. 2 de enero de 2016. ©Miki López

Ya no voy a pedir nada para mi porque normalmente me traéis lo que os sale de las narices. A fin de cuentas los reyes no son lo padres, sino el destino y contra eso no sirven las cartas. Entonces prefiero quedarme en los deseos y estos pasan por lo de siempre: salud, trabajo y amor, esto último en todas sus versiones de amistad, respeto y afecto para todos con los que comparto este ajetreo de vida que llevo.
Hoy vuelvo a trabajar y me queda la pena de no haber disfrutado todas las cabalgatas que hubiese querido llevando en brazos a aquellos niños que hoy son casi chavales y que comparten vida con Elsa y conmigo. Mantienen en la mirada los restos de la magia de aquellos que creen que el destino viene en camello y con corona, pero ya entienden que lo realmente importante en la vida es precisamente vivirla, disfrutarla con la gente que les quiere y pelear por conseguir sus propios deseos que nunca vienen envueltos en papel de regalo.
Por eso quiero seguir compartiendo ilusiones, trabajo, respeto y vida con todos los que me rodean, seguir evitando la toxicidad de los que solo tienen buenas intenciones en Navidad y no perder la ilusión por tratar de ser cada año un poco más viejo en arrugas y más joven en espíritu.
Así que nada… a ser buenos. Su majestad el destino está a la vuelta de la esquina. Mucha suerte para este 2016.

Umbrales

Dos kilos de angula fresca recién pescada. Soto del Barco, noviembre de 1995. ©Miki López
Dos kilos de angula fresca recién pescada. Soto del Barco, noviembre de 1995. ©Miki López

Dice mi dentista que soy un tipo con resistencia a la anestesia. Y es cierto. Maria Antonia, la estomatóloga que me sufre como paciente desde hace unos años, me tiene que meter verdaderas dosis de caballo para mantenerme tranquilo en ese diván quirúrgico de su clínica de Piedras Blancas.Gracias a dios, mi umbral del dolor parece ser bastante alto y con una cosa voy compensando la otra. Y eso de los umbrales constata aquello de que cada persona es un mundo y cada cual reacciona a los estímulos como puede o como su propia naturaleza dictamina. Y no son solo los límites físicos, también están los sentimentales. Y el de la vergüenza es realmente singular. Me imagino lo que debe de sentir un voluntario de cáritas, de médicos del mundo o de cualquier otra ONG que se desespera por esos míseros y abandonados rincones del planeta, cuando lee estos días que un puñetero kilo de angulas supera los mil euros en su primera subasta. Cualquiera podría pensar que pudiese encerrar el secreto de la eterna juventud o la cura del ébola. Pero no señores, es para comer. Es sencillamente insultante que un producto natural que quitó tanta hambre a mis abuelos y bisabuelos, se haya convertido en un lujo exclusivo de alguien en el extremo opuesto del umbral de la pobreza. Otro umbral en el que también somos tan distintos.
Por estas fechas, mi padre comenzaba a regalar kilos y kilos de angula que pescábamos en frías madrugadas de oscuro y con el río revuelto. Era nuestra dieta diaria invernal, hasta el punto en que hubo un año en el que me negué a comerla, asqueado por los olores de cocción y ajo frito que inundaban la cocina de mi casa cuando llegábamos del colegio. Muchos días las angulas terminaban en los gallineros del bajo Nalón como suplemento alimenticio para las “pitas”. Y ahora alguien sería capaz de pagar 100 euros por 80 gramos de ración. Sin despeinarse oye. No se. A mi me daría vergüenza. Igual tengo ese umbral muy bajo. El dolor en eso también lo tengo alto. Uno por otro.

Hombres de otoño

Bosque del Infierno. Piloña, 2010. © Miki López
Bosque del Infierno. Piloña, 2010. © Miki López

No lo puedo negar. Soy hombre de otoño y como tantos otros, estoy muy lejos de ser uno de esos tipos de traje gris, corbata y eterna depresión que tanto inspiran a Joaquín Sabina. Soy más bien de los que se sentarían cómodamente a esperar la caída de las hojas en cualquiera de estos maravillosos bosques atlánticos entre los que he tenido la suerte de nacer. Disfrutar del proceso camaleónico del verde al ocre de estas hayas, robles y castaños pintados por la pobre naturaleza que tantas ganas tenemos de aniquilar con este afán de mantener la economía mundial. Ban Ki Moon, secretario general de la ONU, llama estos días a presionar a las grandes potencias mundiales a dar pasos en favor de una producción sostenible. Llevamos décadas ahogados en estériles burocracias, estancados en reuniones rimbombantes de las que solo salen buenas palabras. Los glaciares se deshielan, las sequías se prolongan y los animales se extinguen. Hasta las nieves perpetuas de nuestros picos se diluyen como las mismas palabras de las cumbres sobre el cambio climático. Los escépticos dicen que no son cosas que no hayan pasado antes. Cierto, pero con la diferencia de que hemos conseguido que procesos que evolucionaban a lo largo de milenios, se han acelerado en unas pocas décadas por las irresponsables acciones del ser humano. El proceso parece ser ya prácticamente irreversible, pero este mundo gobernado por verdaderos hipócritas, guardianes del feudalismo de los mercados, parece que quieren más reuniones. Yo por mi los sentaría aquí, en mitad de esta preciosa senda del Bosque del Infierno. Extraño nombre para un paraiso. Quien sabe si disfrutando de la lenta metamorfosis cromática de esta maravilla natural son conscientes de que siguen sin firmar la absolución de una pena de muerte cuya fecha está a la vuelta de la esquina.
Pero no. Seguirán sentados con su traje gris, su corbata y sus eternas depresiones económicas. Seguro que esto daría para una canción chunga del Sabina.
El otoño ya está aquí. Echemos a andar de una puta vez.

La Boda

Aquel crío era un demonio. Lo recuerdo saliendo a la carrera de la casa de Maruja, nuestra abuela materna, mientras mi tía Tuti le perseguía desquiciada después de su última trastada de guaje inquieto. Siempre pensé que si un día lo llegaba a alcanzar terminaría por estrangularlo. Menudo elemento. Pero Jano, así le llamábamos, se convirtió en Alex y tuvo un hermano, Iván, otro gran tipo que también tuvo lo suyo.

Alex y Amaya. Luanco, 22 de agosto de 2015. © Miki López
Alex y Amaya. Luanco, 22 de agosto de 2015. © Miki López

Pero como de los palos salen las astillas, de gente como mis tios Tuti y Paco, no podía salir otra cosa que no fuese buenas personas. Y el buen Alex encontró a la dulce Amaya y decidieron casarse, cosa rara en estos tiempos. Nos dieron la noticia hace unos meses. Mi padre ya estaba enfermo y recuerdo la noticia con sabor agridulce, porque se que al viejo le hubiese encantado ver como se casaba otro de sus sobrinos. Los acontecimientos dictaron su ausencia y en consecuencia la de mi madre, pero los tres hijos, por deseo de ella y el nuestro propio, decidimos ir acompañando a todos nuestros tíos y primos a la primera reunión familiar tras la muerte de papá. La ausencia de mis padres fue una losa para todos. Se notaba en la atmósfera de una familia tan numerosa y siempre tan unida. Pero la vida continuaba y el ejemplo lo teníamos en nuestros anfitriones, así que aparcamos las lágrimas y acompañamos a los novios con todo el optimismo del mundo en el inicio de esa aventura de la vida en común para compartir, entre otras cosas, un montón de facturas.
Muchas felicidades y alegrías para el futuro. Es vuestro.

La boda en vídeo en flash en www.mikilopez.com

Recuerdos

Era un luminoso día de marzo aunque el sol en puertas de la primavera no era capaz de caldear el medio día.

Flores en el cementerio. Llamas, Aller. Marzo de 2007. © Miki López
Flores en el cementerio. Llamas, Aller. Marzo de 2007. © Miki López

Seguí con la mirada la figura encorvada de la anciana que se encaminaba a la entrada enrejada del cementerio. Me acerqué a la tapia mientras la mujer cruzaba el estrecho sendero que separaba las dos hileras de lápidas. Giró a la izquierda y se detuvo frente al mármol oscuro de una tumba grabada con frías letras metálicas: “Tu esposa, hijos y nietos no te olvidan”. Apoyada sobre su muleta, colocaba las flores de plástico en el jarrón con una ternura difícil de explicar. Fotografié la escena mientras una sensación de tristeza me anudaba la garganta. Pensé en los recuerdos de aquella mujer que, día tras día, seguía el ritual de su paseo diario camino del cementerio. Recuerdos de duros días de trabajo compartido en los oscuros tiempos del hambre y la misera, de noches en vela esperando la llegada de aquel hombre que trabaja a destajo en un chamizo con el único fin de poder dar de comer a una familia que se hacinaba en la pequeña casa de dos habitaciones caldeada por una vieja cocina de carbón. Una historia repetida tantas veces en tantos hogares asturianos. La memoria viva de la dureza de una vida que moldeó paradójicamente el abierto carácter de los asturianos.
La dejé sentada sobre la lápida y me di la vuelta con cierta sensación de culpabilidad por haber robado esos recuerdos con una simple fotografía. Pasan los años y cada vez que veo esta foto me pregunto por el destino de aquella mujer. 8 años después quizás ella ya no esté, pero seguro que el recuerdo seguirá vivo y las flores de plástico seguirán adornando aquella tumba del pequeño cementerio de Llamas.

La vida sigue

Mesa bajo el ciruelo. Espinosa (Candamo). 24 de julio de 2015 © Miki López
Mesa bajo el ciruelo. Espinosa (Candamo). 24 de julio de 2015 © Miki López

Desde la carretera todo parecía estar igual que siempre. Al llegar a la casa, Elsa se apeó del coche para abrir el portillo que da acceso a la pequeña finca que bordea la fachada oeste de la vivienda. El huerto descuidado me desanimó y no por el hecho de necesitar una limpieza, sino por ser el reflejo de la ausencia de mi padre. Todos los años pasamos unos días en esa casa familiar del concejo de Candamo. Cuando se acercaban estas fechas, mis padres se esforzaban en dejarlo todo en condiciones para que esos días fueran los más agradables para sus hijos y sobre todo para sus nietos. Al fondo vi la mesa, a la sombra del ciruelo, donde tantas veces le hice fotos mientras apuraba un culín de la sidra que el mismo producía. En la cuadra se amontonan las botellas de la última cosecha que se esmeró en elaborar por última vez. Una sidra espectacular como siempre.
No me imaginaba que tan pronto tendríamos que ponernos al frente de la pequeña finca que era su vida, pero estoy seguro que es lo que a él le gustaría y en lo que nunca confió. Y a mí, como siempre me gustó llevarle la contraria, pues aquí me veo junto a mis hermanos, aprendiendo a usar la desbrozadora, recoger la hierba y plantar tomates. Lo de la sidra nos queda grande, pero nunca se sabe. Aquí seguimos viejo y sé que nos ayudarás. Se nota tu ausencia física, pero estás presente en todos los rincones de esta casa siempre tuya.
La vida sigue.

Extinción

Los de piel nórdica agradecemos enormemente esta tregua que nos da la ola de calor estival, aunque en general es algo que estamos bendiciendo todos los asturianos. A mi siempre me pasa. Cuando llega agosto ya estoy hasta las narices de pasar por el agobio del calor húmedo cantábrico y no dejo de mirar las hojas de los castaños añorando un septiembre que todavía se ve lejano. Aprovechando estas pausas nos acercamos al MUJA, el museo del jurásico de Asturias, reclamo para niños de 0 a 100 años que a mi siempre me da mucho que pensar.

Tiranosaurio Rex. MUJA, Colunga. 21 de julio de 2015.  © Miki López
Tiranosaurio Rex. MUJA, Colunga. 21 de julio de 2015. © Miki López

Esas moles descomunales que dominaron el mundo son un ejemplo claro de que las cosas no cambian. Uno puede imaginar el terror que debía despertar en cualquier animal la visión de un Tiranosaurio Rex lanzado a la caza en un galope bípedo de mas de 40 km por hora. Era el puto amo y no tenia mayor preocupación que la de llenar la panza y reproducirse para perpetuar su tiranía tiranosauria. Es inevitable la comparación. El tiranosuario y los grandes carnívoros jurásicos capitalizaban la vida de los dinosaurios devorando a la gran masa de herbívoros que pululaban pacíficamente en manadas por las llanuras del Pangea. Seguramente esta es una visión hollywoodiense de una etapa geológica que afortunadamente no nos tocó vivir como especie, pero hoy nosotros somos los tiranosaurios elevados a la enésima potencia. Está claro que los Rex no tuvieron nada que ver en su propia extinción. Por lo visto la culpa la tuvo un gigantesco meteorito que impactó a velocidad vertiginosa en lo que hoy es el golfo de México. A partir de ahí, una catastrófica reacción en cadena terminó con la vida de los grandes dinosaurios y puso a prueba las capacidades de supervivencia de los seres vivos que no formaban parte de aquella élite de gigantes.

MUJA, Colunga. 21 de julio de 2015.  © Miki López
MUJA, Colunga. 21 de julio de 2015. © Miki López

La humanidad apenas lleva caminados unos segundos de ese tiempo geológico desde que surgió la vida en la tierra, pero lleva consigo el dudoso mérito de haberse convertido en la especie más dañina que haya poblado el planeta, tanto para su entorno como para si mismo. La voracidad del T Rex es un tontería comparada con la voracidad del mercado que se han impuesto las personas. El consumo indiscriminado de recursos desertiza los espacios naturales que fueron su propio sustento durante siglos, abocan a la mayor extinción de especies animales y vegetales que se haya conocido hasta el momento y cambian el clima del planeta a una velocidad que pone en duda la propia supervivencia de la raza humana. Y toda esa inteligencia que nos caracteriza como especie dominante es incapaz de detener la sinrazón de nuestra propia auto destrucción. Algunos dicen que ya entramos en un punto sin retorno. Que más da. Mientras no afecte a la previsión del crecimiento económico del primer mundo, porque a fin de cuentas nosotros hemos creado la más grande de las burbujas. Vivimos en la burbuja de creer que todo es de nuestra propiedad. Encima de ser mentira, la distribuimos fatal. Este planeta tierra terminará por darnos una patada en el culo. Los dinosaurios no lo eligieron. Nosotros si.