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Memoria en Negativos-Blog de Fotoperiodismo
Lanchas amarradas en los embarcaderos de madera de El Castillo. Soto del Barco. © Miki López

Lanchas amarradas en los embarcaderos de madera de El Castillo. Soto del Barco. © Miki López

Un patio lleno de niños de entre 4 y 12 años, un par de adolescentes y una abuela. Es agosto de 2016 en la casa de mi madre. Un agosto más en un lugar privilegiado del paraíso. Un agosto no muy distinto al de aquellos veranos de los 70, en este mismo escenario en el que los niños éramos los padres y los padres los abuelos.  La torre del castillo de San Martín ve pasar la vida como el río que acaricia sus murallas poco antes de morir en el Cantábrico. El Nalón que refrescó nuestros juegos estivales nace y muere a diario en un bucle eterno que nos hace pequeños y efímeros, como verdaderas aves de paso. Creemos ver pasar el río hasta que el tiempo nos hace entender que en realidad es el río el que nos ve pasar en un breve suspiro de su existencia, enseñándonos a valorar las cosas en su justa medida.  Somos agua de ese cauce, agua que nace y muere diluyéndose en el océano del tiempo. Si un día soy abuelo en otro verano azul tan intenso como éste, volveré a darte las gracias Nalón por haberte fijado en nuestro paso. Los niños juegan, el río fluye y la vida sigue. Que delicia.

La casa vacía

Elsa en la casa de Muros. © Miki López

Elsa en la casa de Muros. © Miki López

La luz de agosto entraba a raudales por el ventanal de la cocina. Marta preparaba cajas de cartón del supermercado reforzándolas con cinta adhesiva mientras Elsa y Glori envolvían las piezas de vajilla en papel de periódico. Yo observaba la escena esperando a que se llenase alguna de las bolsas de plástico azul que terminarían en el contenedor de la basura.

Farola en El Parador. Muros. © Miki López

Farola en El Parador. Muros. © Miki López

El desorden no impedía que aflorasen los recuerdos y volví a ver a mi suegro Ángel sentado en la esquina de aquella cocina, entretenido con los gorriones a los que alimentaba con migas de pan. Vi a Baby, la superabuela, de pie junto a los fogones, hablando con voz dulce a un Iyán de tres años y rizos dorados que jugaba con cochecitos y canicas en el suelo de la sala. Voces en la distancia que marcan la crueldad del tiempo. Bajé la escalera de la calle con la bolsa a cuestas. Crucé el jardín comunitario intentando esquivar la nostalgia de un pasado tan reciente y tan lejano y no pude evitar cierta tristeza al lanzar aquellos recuerdos envueltos en plástico al fondo de un sucio contenedor. De vuelta a casa volvieron las imágenes y los ecos sordos de los timbres de las bicicletas. Nel recuerda aquellos veranos luminosos de carreras y juegos, de balones de fútbol y patinetes, todo envuelto en la dulzura y el frescor de los besos y los helados de hielo. Y como una estrella fugaz todo terminó. Tan rápido como lo hizo la infancia. Ángel y Baby se fueron pronto, casi sin despedirse, víctimas de la sentencia de un destino que dejó tan vacía la casa que jamás podremos volver a llenar. Esta calurosa mañana de verano cerramos por última vez la puerta tras la que se quedan montones de recuerdos. Y buen pedazo del alma.

 

 

 

La vida sigue

Mesa bajo el ciruelo. Espinosa (Candamo). 24 de julio de 2015 © Miki López

Mesa bajo el ciruelo. Espinosa (Candamo). 24 de julio de 2015 © Miki López


Desde la carretera todo parecía estar igual que siempre. Al llegar a la casa, Elsa se apeó del coche para abrir el portillo que da acceso a la pequeña finca que bordea la fachada oeste de la vivienda. El huerto descuidado me desanimó y no por el hecho de necesitar una limpieza, sino por ser el reflejo de la ausencia de mi padre. Todos los años pasamos unos días en esa casa familiar del concejo de Candamo. Cuando se acercaban estas fechas, mis padres se esforzaban en dejarlo todo en condiciones para que esos días fueran los más agradables para sus hijos y sobre todo para sus nietos. Al fondo vi la mesa, a la sombra del ciruelo, donde tantas veces le hice fotos mientras apuraba un culín de la sidra que el mismo producía. En la cuadra se amontonan las botellas de la última cosecha que se esmeró en elaborar por última vez. Una sidra espectacular como siempre.
No me imaginaba que tan pronto tendríamos que ponernos al frente de la pequeña finca que era su vida, pero estoy seguro que es lo que a él le gustaría y en lo que nunca confió. Y a mí, como siempre me gustó llevarle la contraria, pues aquí me veo junto a mis hermanos, aprendiendo a usar la desbrozadora, recoger la hierba y plantar tomates. Lo de la sidra nos queda grande, pero nunca se sabe. Aquí seguimos viejo y sé que nos ayudarás. Se nota tu ausencia física, pero estás presente en todos los rincones de esta casa siempre tuya.
La vida sigue.

Papá. Soto. 31 de diciembre de 2014

Papá. Soto. 31 de diciembre de 2014

Qué fácil es recordarte. viejo Te seguíamos por el pequeño sendero que atravesaba el bosque entre los restos del abandonado jardín francés de Los Cedros. Con las cañas al hombro y un cesto de mimbre que volvería lleno de roballizas, cruzábamos la arboleda en aquellas lejanas tardes de verano que tantas veces terminaron en chapuzones infantiles con la pleamar de la ría, en las inmediaciones de la vieja rambla.  Todavía hoy soy capaz de recordar el aroma a salitre, gasóleo y alquitrán al pasar por los destartalados embarcaderos de madera que aún perviven en la margen derecha de esta maravillosa desembocadura del río Nalón. Todo aquí me recuerda a ti, papá. Los cañizos, las barcas, los recodos. Todo lleva un trocito de tu alma y un pedazo de mi infancia. De las tardes calurosas a las frías noches pescando angula a la luz de los candiles de carburo que hacías con hojalata. De las comidas de San Pedro a los villancicos que componías para nosotros por Navidad. La Navidad que tanto te gustaba y que nunca volverá a ser como antes. Fuiste maestro, músico y poeta escondido tras tu profesión de sobresaliente instrumentista en la planta de abonos. Un hombre trabajador y enamorado esta la médula de su flor, de la compañera que es nuestra madre y, posiblemente la mujer mas buena que haya pisado la faz de la tierra. Supiste elegir papá. Y supiste contagiar tu romanticismo por Asturias, por todo la asturiano y en especial por tu tierra candamina, esa aldea de Espinosa que te vio nacer, crecer y morir orgulloso de esos prados, de esos bosques y regueros entre los que disfrutaste durante todas las etapas de tu vida. Es cierto que fuiste obstinado y cabezón, con un punto de egoísmo que jamas traspasaba las necesidades de una familia por la que eras capaz de todo. Pero al final nos diste una lección de vida cuando mamá tuvo aquella angina de pecho y te convertiste de repente en su ángel de la guarda. Jamás vi tanto cariño es esas miradas que dedicabas a tu mujer, especialmente durante estos últimos días en los que cada gesto era una despedida y un latigazo al corazón de los que la recibíamos. Pero te fuiste tranquilo y fui testigo de ello. Cogiéndote la mano lloré una eternidad en tu último suspiro, el que dio paso al recuerdo. Al mejor de los recuerdos. Ya sabia que te quería papá. Lo que era incapaz de imaginar es que te quisiese tanto. Que la tierra te sea leve viejo. Siempre en el corazón papá. Siempre en el recuerdo.

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