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Miki López. On the Road

Patrias y banderas

Asturias, Fotoperiodismo, Sociedad y Cultura / 1 Comment / octubre 1, 2017

Manifestación a favor del referéndum de autodeterminación de Cataluña. Oviedo, 20 de septiembre de 2017. ©Miki López/LNE

Cruzamos el río Eo en un flamante Renault 7 recién estrenado. Lo que no recuerdo es si lo hicimos por Vegadeo o por el  puente de Los Santos, el viaducto que parece volar por encima del rio que nos separa de los gallegos. Mi padre soltó su clásico “Adiós Asturias” justo cuando rebasábamos el indicador que nos daba la bienvenida a la provincia de Lugo. De aquella, yo no tendría más de 8 o 9 años y poco sabía de divisiones territoriales, aunque si que ya tenía cierto sentimiento de identidad con el asturianismo que militaban mis padres y abuelos, inmerso en un ambiente de llingua asturiana, tonada y gaita. Se podrá entender que no noté mucha diferencia cultural en mi primera incursión en tierras gallegas. Ya se sabe aquello de los primos hermanos. Una lengua y cultura similares, el mismo instrumento nacional y un paisaje atlántico que hace que te sientas como en casa. Una sensación muy distinta a la que experimenté algunos años después, cuando un viaje de estudios fue la excusa perfecta para atravesar el camino iniciático del túnel del Negrón, una experiencia que creo que todos los asturianos marcamos de alguna manera en nuestro calendario vital como un encuentro con el Más Allá. Bromas a parte, he de reconocer que la imagen de Castilla me causó la congoja del que se ve perdido en mitad de un mar en calma. Las gentes del norte necesitamos referencias visuales para no sentiros desorientados y aquella meseta infinita y despoblada no ayudaba nada a situarse en medio de la nada. El autobús recaló en Salamanca donde uno  acababa por darse cuenta del horrible castellano que somos capaces de hablar los del otro lado de la cordillera. Bromeábamos entre nosotros y con los salmantinos que parecían sentirse a gusto con el sentido del humor de los asturianos. Aunque sus rostros parecieron reflejar  cierto alivio al ver que aquella horda de chavales que hablaban a  voces volvían a subir al autobús que los llevaba hacia el sur. Pasaron los días y volvimos a repetir nuestra liturgia vocinglera por Còrdoba, Sevilla, Málaga, Almería, Ceuta… Y aquellos adolescentes asturianos descubrieron un país  acogedor y seco, con el que culturalmente no tenían ni la más mínima coincidencia, pero en el que desde luego tampoco se sentían extraños.

Años después recuerdo con cariño aquellos días de mediados de los 80 en la que los colegios e institutos de todo el país evitaban los viajes de estudios al País Vasco. ETA fue capaz de unir a millones de hombres de paz y de ideologías diferentes. Como asturiano de clase obrera, me eduqué en la creencia de la solidaridad entre trabajadores. Una solidaridad que no conocía ni patrias ni banderas. Mi querido Avilés es un claro ejemplo de ello. Y posiblemente por ese sentimiento solidario, los asturianos no supimos proteger nuestra propia identidad. Un devaluado estatuto de autonomía nos relegó a la segunda división de las comunidades españolas y tras la reconversión industrial, nos acostumbramos a vivir de las subvenciones y de los rescoldos de la lucha obrera que encabezaban los trabajadores de La Naval o los mineros del SOMA del ahora infame José Ángel Fernández Villa. Todos empeñados en mantener lo que difícilmente se podía sostener dentro del injusto mercado global. De aquellas luchas se beneficiaron pocos trabajadores y se enriquecieron muchos cazadores de fondos mineros que solo vendieron humo y convirtieron esta tierra en un erial sólo apto para geriátricos. Y de aquellas lluvias surgieron los lodos de la corrupción: caso Marea, Pokemon, Villa…. tristemente de esto sabemos mucho los asturianos, un pueblo que ama su tierra y su bandera, pero que sobre todo ama  a la gente que la representa, normalmente trabajadores que lo dejan todo para seguir tirando del carro superando día a día los baches de la injusticia social. Esa para mi es la batalla. Y en esa guerra no hay ni patrias ni banderas que al final,  lo único que hacen es dividir a las personas. Parece que vienen tiempos duros.

1 Comments
  • Xuan larena / octubre 15, 2017 / Responder

    La carretera de Galicia por la costa siempre me trae buenos recuerdos. Sigue siendo un placer atravesarla. Paisajes increíbles.

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