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Miki López. On the Road

La mesa bajo el ciruelo

Asturias / No Comment / septiembre 13, 2017

Una mesa bajo el ciruelo. Espinosa, Candamo. 11 de septiembre de 2017. ©Miki López

Soy de los que piensan que el alma de las personas se impregna en las cosas que le pertenecen o que les son especialmente cercanas. Y cuando esa gente ya no está aquí, da la sensación de que su espíritu permanece en los rincones de los lugares en los que fueron tan felices. Estas vacaciones he pasado varias jornadas en la casa natal de mi padre, en una pequeña aldea de Candamo y creo entender las razones por las que el viejo se sentía tan a gusto en mitad de este pequeño pueblo que le vio nacer. Espinosa descansa sobre una suave loma del valle de Fenolleda, cerca del vecino concejo de Pravia. Media docena de casas se escalonan sobre terrazas de  tierras de cultivo salpicadas de árboles frutales. Todo un paraíso con unas determinadas condiciones de temperatura y humedad que dan un carácter especial a su huerta y a su fruta. Aquel adolescente que huyó de la vida rural en los primeros años de la década de los 60, se convirtió en un excepcional instrumentista eléctrico en la Empresa Nacional de Fertilizantes en la que trabajó con entusiasmo durante décadas hasta que, poco a poco, fue arrinconando su ajetreada vida industrial para volver a sus orígenes en la pequeña aldea que le vio nacer. Mi padre volvió a los aromas de su infancia, al dulzor de la fruta y al sudor de la tierra, encontrando la paz del espíritu que perdió entre el barullo y el aire contaminado de la fábrica. Y según fueron pasando los años, volvió a inundar aquella humilde morada con la esencia de su alma de hombre trabajador, inteligente y orgulloso de sus raíces. Pero el viejo, casi sin avisar, se apagó de repente dejando otra vez la casa vacía. Vacía pero con alma, porque la ilusión que tenía por su hogar  y por su tierra, algo ha dejado en el ambiente que consigue que me encuentre muy  a gusto bajo los frutales de la huerta. Cada rincón, cada brizna de hierba, cada rama de cada árbol le echan de menos. Casi tanto como nosotros. Todavía le veo sentado mirando hacia el valle en el banco de la destartalada mesa a la que aún da sombra su ciruelo preferido. Ella también le echa de menos aunque estoy convencido de que de vez en cuando, el viejo sigue descansando en ese rincón. Se nota en el aire y  diré además que me encanta la sensación de su presencia. Allá donde estés, cuídate mucho, nosotros ya cuidamos tu casa. Qué menos.

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