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Miki López. On the Road

Dignidad, comida rápida y periodismo

Asturias, Fotoperiodismo, periodismo, Sociedad y Cultura / No Comment / agosto 22, 2017

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Policías nacionales en un simulacro de atentado terrorista con muertos en La Morgal. 23 de mayo de 2017.  ©Miki López/La Nueva España

Tengo que reconocer que hay días en los que me meto en charcos con cierta premeditación porque la veteranía te hace ver las cosas de forma muy distinta a como lo hacías cuando tenías 25 años menos. Soy eso que se llama un fotoperiodista en tiempos de paz, lo cual no implica que no me haya tocado vivir profesionalmente historias terribles que, evidentemente,  jamás me hubiese gustado fotografiar. Recuerdo especialmente el primer accidente con muertos. Fue en la autopista de Pola de Siero a Oviedo. Creo recordar que a principios de 1992. Yo tenía 22 años y trabajaba con ese vigor juvenil del que se cree casi un inmortal. Dejé el Renault en el arcén, justo detrás del Patrol de la Guardia Civil que acababa de llegar al lugar del siniestro. Salí rápido del coche y me acerqué al agente que inspeccionaba los amasijos retorcidos de lo que minutos antes había sido un flamante vehículo. El asfalto se había convertido en una pista de patinaje cubierta por el aceite y el combustible derramado tras el impacto. Esquivando piezas de motor, ruedas y cristales llegué a la altura del guardia que movía impotente la cabeza de un lado a otro. Me asomé al abismo de aquella desgracia en la que acababan de morir tres jóvenes soldados de apenas 20 años. Un tremendo mareo me hizo doblar las rodillas hasta casi caer al suelo. Sentí brotar la náuseas desde la boca del estómago mientras aquel guardia veterano me ayudaba a incorporarme.

-Tranquilo chaval.

Nadie me lo pidió, pero di un paso atrás desencajado por la tragedia y comencé a hacer fotos consciente de que aquellos chavales seguramente tendrían padres, hermanos y novias. Evité fotografiar los cuerpos y me centré en el caos y la impotencia que provoca la muerte en la carretera reflejada en los rostros de los sanitarios y bomberos que cubrían los cadáveres con sábanas tras la escarcelación. Después de aquel accidente vinieron muchos más. Era rara la semana en la que la historia no se repetía consecuencia de imprudencias, alcohol y vehículos viejos e inseguros conducidos por chavales que, como yo, también se creían casi inmortales. Tuve que fotografiar muchos amasijos, muchos funerales de gente joven y mucho dolor. Y lo hice con la pena en el corazón que te provoca la empatía, pero con el convencimiento de que aquel trabajo era una labor de concienciación necesaria para alertar sobre el peligro del alcohol y las imprudencias en la carretera. En ocasiones hemos sido crudos pero, al menos en mi caso, he respetado la identidad y la dignidad de las víctimas. Sinceramente creo que nuestro trabajo ha salvado muchas vidas precisamente por eso, porque alguien haya levantado el pie del acelerador al recordar esa imagen que vio en la portada del periódico un domingo por la mañana. Pero la cosa cambia con el terrorismo. Si yo me hubiese visto la semana pasada en Las Ramblas hubiese actuado de forma similar a como lo hago en los accidentes de tráfico, pero soy consciente de que si publicamos esas fotografías en toda su crudeza, pasaremos a ser un mero instrumento del terror,  los altavoces de los asesinos que buscan precisamente ese eco mediático de cuerpos destrozados por el fanatismo ilustrando portadas y abriendo telediarios en todo el mundo. Es así de claro. Tampoco creo que sea el momento de gilipolleces como la de colgar gatitos en Twitter ni hastags #prayfor…. que sólo parecen pretender tapar el sol con un dedo. Vivimos tiempos de viralidad en las redes sociales consecuencia de una humanidad en peligro de deshumanización, que consume dolor y morbo de manera preocupante. La gente quiere esa información “amarilla” que dispara audiencias y que después crítica poniendo verdes a medios de comunicación y periodistas. Y aquí me miro al ombligo recordando mis  ataques contra el negocio de la prensa del corazón que a mi modo de ver, ha desprestigiado en buena parte el concepto que la sociedad tiene hoy de los periodistas. No soy quien para juzgar lo que la gente consume. Al fin y al cabo es como una droga que volvemos a probar una y otra vez. Y mientras tanto aquí estamos nosotros, los trabajadores de esos medios, una especie de cocineros de comida basura con pretensiones de chef que viven con resignación el hecho de que a nadie le interesa los verdaderos platos de calidad que podemos llegar a cocinar. Así es la sociedad en la que vivimos, una sociedad que prefiere las cadenas de comida rápida a los restaurantes de toda la vida. Aunque el 90% nos avergoncemos de ello, volvemos a pedir esa hamburguesa con patatas y cocacola. Y algunos, con la barriga llena, también pedirán la cabeza del cocinero. Así de triste.

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